Treinta años de swing: la historia de Sureña Jazz Band contada por uno de sus fundadores
Hay músicas que se escuchan y músicas que además cuentan una historia. El jazz tradicional es una de ellas. Nació de una fusión de culturas, atravesó enormes transformaciones sociales y musicales y, con el tiempo, dio origen a buena parte de los estilos que hoy reconocemos como jazz.
El próximo domingo 6 de septiembre a las 19 horas, la Sureña Jazz Band llegará a la Sala Rautenstrauch del Campus de Artes y Música Bariloche (CAMBA) para celebrar sus 30 años de trayectoria con un concierto dedicado al jazz tradicional de New Orleans y al Dixieland de Chicago.
Para conocer la historia de esta banda hay que volver a 1995, cuando Guillermo Lancelotti decidió formar una agrupación dedicada a un estilo que por entonces tenía pocos intérpretes en la región.
“A mí siempre me gustó este estilo de jazz, pero por esos años siempre me tocó no solamente formar una agrupación, sino también formar a los colegas, a los músicos que querían ser parte de esta formación”, recuerda Lancelotti.
El desafío no era solamente conseguir músicos. Había que enseñarles un lenguaje musical que no conocían. “No tenían los conocimientos. Tal vez instrumentalmente sí, pero no habían escuchado el estilo, no habían escuchado nada y no sabían cómo iba. Así que no solamente fue formar la banda, sino también formar a los compañeros que, en definitiva, íbamos a estar tocando juntos”.
En ese aprendizaje había que escuchar a los grandes maestros, comprender cómo funcionaba esa música y empezar a incorporarla. “Fue un trabajo artesanal, cien por ciento”, dice Lancelotti. “A medida que uno iba descubriendo se entusiasmaba”.
De Quimey Jazz Band a Sureña Jazz Band
La banda nació en 1995 bajo otro nombre. Primero fue Quimey Jazz Band, después Pehuenia Hot Club y finalmente llegó el nombre que quedaría asociado a estas tres décadas de historia. “En un ensayo, como fueron cambiando algunos músicos, para hacerlo democrático hicimos un sorteo: cada uno puso un papelito y salió ‘Sureña Jazz Band’”.
Por eso, explica Lancelotti, hay una pequeña diferencia entre la fecha de fundación y la fecha en que la agrupación adoptó definitivamente su nombre: “La banda se fundó en el 95, pero en 1996 se declaró Sureña Jazz Band”.
Y así comenzó un recorrido que tendría una particularidad: durante años, además de tocar, la banda tuvo que construir en la región el conocimiento necesario para interpretar un estilo que no era sencillo de encontrar.
Aprender un lenguaje
¿Qué significa exactamente hablar de jazz tradicional? Para Lancelotti, es necesario remontarse a las raíces del género y a los músicos que hicieron posible su desarrollo. Habla de Louis Armstrong, King Oliver, Jelly Roll Morton, Bix Beiderbecke y tantos otros nombres fundamentales.
Ese origen tiene también una dimensión social. Según cuenta Lancelotti, tras la Guerra de Secesión, muchos instrumentos militares quedaron abandonados en los campos de batalla y fueron recogidos por los esclavos, que aprendieron a tocarlos de manera autodidacta. La creatividad fue decisiva: violines de lata, bajos de jofaina y zapateos improvisados en las calles dieron forma a una música nueva.
Una de las características que destaca es que en el jazz tradicional de Nueva Orleans la música se construía de una manera muy diferente a la concepción posterior del solista. “Los solos eran colectivos, era polifonía. Tocaba uno y todos iban escuchando y tocando entre todos sobre esa armonía”.
Después aparecería Louis Armstrong como una figura decisiva. “Fue el primer virtuoso, el primer gran solista. Fue el que empezó a animarse con eso y, a partir de ahí, todos lo quisieron seguir y lo imitaron”.
Para Lancelotti, conocer ese recorrido no es solamente una cuestión histórica. También es parte del camino de la formación musical. “Esto de conocer este estilo sigue sin haber [músicos]. Lo tenés que enseñar, porque se ha perdido”, sostiene. No considera que el problema sea la falta de acceso. Al contrario: hoy la música está disponible en enormes cantidades. “Está Spotify, está YouTube, está todo. Pero lo que se enseña o lo que se escucha en la radio, en la televisión, no es esto. Entonces cada vez hay menos”.
Por eso considera importante mantener vivo el jazz tradicional: “Hay que mantenerlo para las nuevas generaciones, para que esto no se pierda, porque es una escuela de música”.
Una tuba prestada y una banda hecha a pulmón
La historia de Sureña Jazz Band también tiene sus episodios de supervivencia. En aquellos primeros años, conseguir los instrumentos y los músicos adecuados podía ser todo un desafío.
La formación necesitaba una tuba y no tenían una. “Entonces se la pedimos prestada a la banda de música de la Policía”. El préstamo no duró demasiado. El director de la banda policial decidió que ya no quería facilitarles el instrumento.
Pero los jóvenes músicos encontraron una solución bastante particular. “Como teníamos acceso para entrar [al cuartel], entrábamos, la pedíamos prestada y la sacábamos por un paredón. Después, a la madrugada, cuando terminábamos de tocar, la devolvíamos. Y así hasta que pudimos comprar una tuba”.
La anécdota resume, de alguna manera, el espíritu de aquellos comienzos: aprender sobre la marcha, conseguir los instrumentos como fuera posible y sostener una música que exigía mucho trabajo. “Eso es lo que uno va poniendo en práctica y va aprendiendo, como en todo en la vida: sobre la marcha, cómo funciona esto”.
Una música para bailar
El jazz tradicional también tiene una dimensión corporal. No es una música pensada solamente para escuchar sentado. “Cierto, totalmente”, responde Lancelotti cuando se le pregunta por el baile.
En los antiguos cabarets y lugares de baile de Nueva Orleans, cuenta, la gente acudía masivamente a bailar. La música tenía una relación directa con el cuerpo, con la fiesta y con el encuentro. Ese carácter festivo es parte de lo que la Sureña Jazz Band busca recuperar en sus presentaciones.
Y también explica parte del recorrido que hizo el jazz: el cierre de muchos de aquellos espacios en Nueva Orleans llevó a numerosos músicos a trasladarse a otras ciudades, entre ellas Chicago y Nueva York. Allí el género siguió transformándose y entró en contacto con otros músicos y otras tradiciones.
“Después vino el swing, el bebop, el hard bop, el cool, todas esas movidas que se fueron dando. Pero los inicios fueron el ragtime, el blues y ahí el hot jazz que se creó en Nueva Orleans”.
Bahía Blanca - Patagonia - Europa
La historia musical de Guillermo Lancelotti también está marcada por los desplazamientos. Nacido en Bahía Blanca, buscó oportunidades en otros lugares. Fue cofundador de una banda en Viedma, The Black River Jazz Band, antes de instalarse en Neuquén, donde formó distintas agrupaciones.
Pero hubo una escala especialmente significativa. “Antes de irme a España pasé un año por Bariloche”. Allí formó junto a Luis Rodríguez Jurado y otros músicos una agrupación llamada La Gran Siete Jazz Caliente. “Fue hermosa esa amistad y, hasta el día de hoy, somos grandes amigos. Nos vemos seguido o hablamos seguido”.
Después llegó Europa. Lancelotti se instaló en España y, ante la dificultad para encontrar músicos que tocaran el estilo que buscaba, volvió a hacer algo que ya conocía: formar una banda.
“Tuve que hacer lo mismo que hacía acá: encontrar y buscar músicos”. Así nació Mr. Dixie Jazz Band, agrupación que llegó a destacarse en el circuito europeo del jazz tradicional.
“Llegamos a ser la mejor banda de Europa en el ‘Euro Jazz Festival Dixieland-Nueva Orleans’, celebrado en la localidad francesa de Rueil Malmaison, a pocos kilómetros del centro de París. Ahí destruimos todo. La verdad, nos fue muy bien”.
Lancelotti estuvo once años al frente de esa formación antes de trasladarse a Madrid. Pero, incluso durante sus años en España, siguió vinculado principalmente con el jazz tradicional. “Puedo tocar otros estilos, pero este es lo que más me gusta”.
La banda siguió sin él
Mientras Lancelotti desarrollaba su carrera en Europa, Sureña Jazz Band continuó su recorrido en la Patagonia. No fue sencillo.
“Cuando yo me fui quedaron sin la trompeta”. La formación siguió encontrándose, aunque con cambios y dificultades. Cuando Lancelotti regresaba de vacaciones, se organizaban algunas presentaciones y él volvía a tocar con ellos.
Fue entonces cuando decidió impulsar la continuidad de la banda. “Le dije al clarinetista: ‘Mirá, hasta que aparezca un trompetista, aprendete vos las melodías y te convertís en el líder. Tocás las melodías y todos te acompañan’”.
Funcionó. “Me hicieron caso y gracias a ello continuó la banda”. Con el tiempo aparecieron nuevos músicos y Sureña Jazz Band siguió adelante. Hasta que, a fines de 2025, llegó una nueva invitación. Sergio Ianni, banjoísta y único integrante que permanece desde los orígenes, lo convocó para volver a formar parte de la banda.
El regreso coincidió además con una renovación importante de la formación. “Si bien yo la fundé, ahora soy uno más”. Y esa frase dice mucho sobre la manera en que Lancelotti entiende la banda. La trompeta tiene el papel de instrumento referente, pero el estilo requiere de la escucha y la participación de todos. “Ahí somos todos solistas. En este estilo son todos solistas”.
Treinta años después
La nueva formación ya tuvo sus primeras presentaciones. La Sureña Jazz Band se completa en esta nueva etapa con Sergio Ianni (banjo e integrante histórico ininterrumpido desde 1996), Julio Garrido (guitarra Dobro), Francisco Álvarez (trombón y tuba), Javier Larrión (contrabajo), Roberto Flores (saxo y clarinete) y Mauricio Costanzo (batería). Lancelotti destaca especialmente la evolución que experimentaron entre una actuación y otra.
“Hicimos una presentación acá, en el Teatro Español de Neuquén, y de esta presentación al concierto que hicimos un mes y medio después en Cipolletti tuvimos una levantada de nivel terrible”. Y agrega, pensando en la próxima presentación: “Estoy súper convencido de que en Bariloche va a sonar mejor todavía”.
Pero hay algo que para él está incluso por encima de la calidad musical: el vínculo entre quienes integran la banda. “Estoy muy contento. Es un lindo grupo humano”. Y enseguida lo subraya: “Independientemente de que hay muy buenos músicos, sobre todo el grupo humano es impecable. Y eso es muy importante, diría yo: lo más importante”.
Una noche de swing, música y participación
El concierto del 6 de septiembre no será solamente una sucesión de obras. La propuesta recorrerá distintas etapas de la historia del jazz tradicional, desde St. Louis Blues, de W. C. Handy, hasta Take the “A” Train, de Billy Strayhorn, pasando por composiciones de King Oliver, Louis Armstrong, Duke Ellington, Fats Waller, Kid Ory y otros nombres fundamentales.
Pero Lancelotti anticipa que habrá algo más. “Nosotros vamos a hacer un espectáculo para la gente”. Y propone una relación activa con el público: “Todo el público que esté ahí va a ser uno más de la banda”. La invitación es a participar, preguntar y dejarse llevar por la música. “Vamos a tratar de que no les dé vergüenza, de que participen, que puedan hacer preguntas sobre el estilo, sobre algún autor o algún compositor”.
Incluso habrá espacio para las historias que forman parte de la tradición del jazz. “Y va a haber muchas anécdotas, historias de bandas, de grandes artistas que hicieron alguna locura. Todo eso también lo vamos a comentar, porque es lindo que la gente lo sepa”.
Por eso, además de celebrar tres décadas de historia, la Sureña Jazz Band llega al CAMBA con una propuesta que busca acercar el jazz tradicional a quienes ya lo conocen y también a quienes quieran descubrirlo.
Para Lancelotti, el encuentro con Bariloche tiene un significado especial. Conoce la ciudad, vivió allí y conserva vínculos afectivos con músicos y amigos de aquella etapa. “La importancia de tocar en el Camping para mí es enorme. Lo conocí, toqué una vez ahí y después habré tocado unas tres veces. La verdad que ese lugar a mí me maravilla”.
Y confía en que el público acompañará. “Las expectativas son magníficas. Y más por nuestra parte también. Mezclando ambas cosas, yo creo que va a ser un cóctel explosivo de swing”. La invitación queda hecha en sus propias palabras: “Así que nadie se va a arrepentir de haber ido ese día”.
Una noche para escuchar, bailar, conocer la historia del jazz y, como propone Guillermo Lancelotti, ser parte de la banda.