Sábado, 15 de Agosto del 2026

Tato Cayón: una comedia sobre aquello que se dice… y lo que se oculta

Tato Cayón: una comedia sobre aquello que se dice… y lo que se oculta

El próximo domingo 23 de agosto a las 19 horas, la Fundación Cultural Patagonia llegará a la Sala Rautenstrauch del Campus de Artes y Música Bariloche (CAMBA) con Dios me odia, una comedia dramática de la dramaturga argentina Victoria Sarchi, dirigida por Tato Cayón.

En una nueva edición de La Antesala del CAMBA, conversamos con el actor, director y dramaturgo sobre esta obra que ya viene despertando interés entre el público de la región y que propone una mirada aguda sobre los vínculos, los deseos y las tensiones que suelen esconderse detrás de la vida cotidiana.

Una cena, una noticia y cuatro personajes al límite

Dios me odia es una comedia dramática de una autora contemporánea, Victoria Sarchi”, explica Cayón. La historia transcurre durante una cena en la casa de Florencia y Marcelo, una pareja joven con un hijo pequeño. Los invitados son Nina, hermana de Florencia, y Rodrigo, el mejor amigo de Marcelo. “Hay una noticia que aparentemente van a dar Nina y Rodrigo y todo gira en torno a eso. Marcelo está muy enojado porque su mejor amigo le está ocultando algo y no sabe qué es”, cuenta el director. A partir de allí comienzan a aflorar rivalidades, frustraciones, envidias y deseos cruzados entre los cuatro personajes.

Lo que más lo atrajo del texto fue precisamente esa capacidad de mostrar capas profundas bajo una apariencia ligera. “Todo está trabajado desde una aparente superficialidad y comedia, pero en realidad hay conductas de estos personajes y cosas que se dicen que son bastante potentes y bastante fuertes”.

Uno de los ejemplos que menciona es el personaje de Marcelo, un escritor que acaba de publicar su primera novela exitosa. “La pasa de medio bobo, pero es bastante machista, con algunos comentarios bastante despectivos hacia su mujer, y todos disfrazados de chiste”.

Para Cayón, allí reside una de las mayores virtudes de la obra: “Me gustan mucho los textos donde los personajes dicen cosas y en realidad están queriendo decir otras, o tienen conductas que están soslayadas a través del humor”.

Un espejo de nuestro tiempo

Ante la pregunta de si la obra refleja conductas actuales, la respuesta es inmediata: “Sin lugar a dudas”.

El director recuerda las reacciones del público durante las primeras funciones. Algunas personas se identificaron con determinados personajes; otras quedaron pensando en ciertos temas que aparecen apenas insinuados y luego siguen resonando.

“La obra busca eso también. No es no darle demasiada importancia, sino esta cosa tan de lo inmediato y de pasar de un tema a otro, donde se van quedando cosas atrás e incluso las cosas importantes quedan como si fueran anecdóticas”.

Según Cayón, el público encuentra rápidamente puntos de contacto con los personajes porque la obra aborda cuestiones muy presentes en la vida cotidiana. “Es una obra realista, pero no es el realismo de años atrás. Es un realismo más moderno”.

También destaca la escritura de Victoria Sarchi, una autora que suele trabajar sobre aquello que permanece oculto bajo la superficie. “Parece que todo está tranquilo o disfrazado, pero por abajo corre un río: corren las envidias, corre el deseo de lo que quiero del otro y no puedo tener. Me parece que eso es lo más potente que tiene el texto”.

El misterio detrás del título

El nombre de la obra despierta curiosidad de inmediato. Sin embargo, Cayón se cuida de revelar demasiado.

“Eso no te lo puedo decir”, responde entre risas. Y agrega: “Uno lo atribuye directamente a una protesta, a cuando algo sale mal y decimos ‘¡Ay, Dios!’. Tiene un poco ese sentido porque pareciera que a estos personajes todo les termina saliendo mal”.

Pero aclara que existe una razón más profunda detrás del título. “Hay algo muy particular del título y de por qué se llama así, que no es justamente por esta cosa exclamatoria de ‘ay, Dios me odia’. Tiene que ver con otra cosa. Y ahí se van a dar cuenta”.

El elenco: sostener la tensión y dejarla estallar en el momento justo

Dios me odia está protagonizada por Emiliano Flores (Marcelo), Paula la Sala (Florencia), Mariana Jaime (Nina) y Nahuel Lavoratto (Rodrigo).

Para Cayón, el trabajo actoral que exige la obra es especialmente exigente: los cuatro intérpretes deben sostener en escena las tensiones que atraviesan a sus personajes y dejar salir sus miserias únicamente cuando el texto lo pide, sin anticipar ni forzar esos quiebres.

Esas actuaciones fueron trabajadas en profundidad durante los ensayos, un proceso necesario para construir vínculos de pareja tan complejos como los que propone el texto.

El director subraya que el resultado que lograron responde a una labor constante en equipo, sostenida en la escucha y en una fuerte permeabilidad del elenco a sus propuestas como director.

De Buenos Aires a la Patagonia

Durante la entrevista también hubo espacio para recorrer parte de su trayectoria.

Cayón se fue a vivir a Buenos Aires con apenas 18 años para estudiar actuación. “Me fui porque quería ser actor”, recuerda. Fueron años de intensa formación, tanto dentro de la Escuela Nacional de Arte Dramático como fuera de ella.

“Mis mejores años de aprendizaje y de nutrirme fueron en Buenos Aires, sin lugar a dudas”.

Además de estudiar actuación, realizó cursos de dirección, dramaturgia y canto. Pero también destaca el valor de haberse convertido en un espectador constante.

“Uno aprende no solamente formándose académicamente, sino también viendo. Yo vi mucho teatro y aproveché mis años en Buenos Aires al máximo”.

Aunque hace seis años regresó a la Patagonia, reconoce que sigue manteniendo un vínculo afectivo muy fuerte con la ciudad. “Yo amo Buenos Aires, amo la vida y la multiplicidad de posibilidades que tiene. De hecho, lo añoro”.

El teatro, la dirección y la intuición

Actor, dramaturgo y director, Cayón reconoce que su camino artístico fue transformándose con el tiempo.

“Me fui a vivir a Buenos Aires porque quería ser actor. Después empecé a escribir y más tarde descubrí que me gustaba estar afuera, mirar y detectar qué es lo que veo en los actores y las actrices”.

Hoy encuentra en la dirección un espacio de enorme disfrute creativo. “Para mí dirigir es un lugar de placer”.

Consultado sobre los disparadores de ese proceso creativo, no duda: la intuición ocupa un lugar central.

“En la vida me he manejado mucho con la intuición. En lo artístico también. Trabajo mucho con esa primera intuición de lo que siento”.

Esa percepción inicial aparece tanto cuando construye espectáculos musicales como cuando elige una obra teatral. Incluso asegura que muchas veces puede anticipar la respuesta del público desde los primeros ensayos.

“No me vas a creer, pero cuando elijo una obra te podría llegar a decir si le va a ir bien más o menos”.

La cita con el público de Bariloche

Hacia el final de la charla, la conversación volvió a Dios me odia y a su llegada al CAMBA.

“Primero decir que el Camping es una belleza. Esa sala es una hermosura”, afirma sobre la Sala Rautenstrauch.

Y reconoce que la recepción de la obra lo sorprendió. Las funciones realizadas hasta el momento superaron sus expectativas y generaron comentarios muy valiosos entre los espectadores.

“Me gustaría que la gente acompañe esta propuesta porque siento que se van a encontrar con una obra que, de alguna manera, por algún lado los va a dejar pensando”.

Entre las devoluciones que recibió, una en particular quedó resonando: la reflexión sobre cómo naturalizamos ciertas formas de hablar y de relacionarnos.

“La importancia de la palabra y del decir las cosas. La palabra sana o mata”, sostiene.

Quizás allí esté una de las claves de Dios me odia: una comedia que hace reír, pero que también invita a escuchar con atención aquello que se dice, aquello que se calla y todo lo que sucede entre una cosa y la otra.

La cita será el próximo domingo 23 de agosto a las 19 horas, en la Sala Rautenstrauch del Campus de Artes y Música Bariloche. Una oportunidad para descubrir una obra que, detrás del humor, pone en escena las contradicciones, deseos y fragilidades que todos reconocemos, de una u otra forma, en nosotros mismos.