Jazz de alto nivel en CAMBA: Valentín Garvie y Rodrigo Domínguez hablan sobre la confianza, la improvisación y el arte de escuchar
El próximo sábado 8 de agosto, a las 19 horas, en la sala Rautenstrauch del Camping Musical Bariloche, el trompetista Valentín Garvie —una de las figuras más destacadas del jazz y la música clásica y contemporánea argentina— se presentará junto a un cuarteto integrado por Rodrigo Domínguez en saxos, Pope González en contrabajo y Hernán Hecht en batería.
Para anticipar el encuentro, La Antesala del CAMBA conversó con dos de sus protagonistas: Valentín Garvie, trompetista, compositor y docente radicado en Mar del Plata, con una destacada trayectoria en la música contemporánea, la clásica y el jazz; y Rodrigo Domínguez, músico de la casa, uno de los saxofonistas más importantes de la escena de jazz argentina, radicado en Bariloche desde hace algunos años, donde además de músico es docente y gestor cultural.
Fue una charla que comenzó hablando de standards de jazz y terminó, sin apuro, en el silencio, la confianza y la pregunta —nunca del todo resuelta— por lo argentino. Compartimos los tramos más significativos.
Un cuarteto sin piano ni guitarra
Consultados sobre qué va a sonar ese sábado, Garvie explicó que tocarán principalmente temas standards de jazz, un repertorio que funciona como un lenguaje compartido:
Son composiciones que se suelen tocar, un lenguaje compartido en el jazz que nos da flexibilidad y libertad para interpretarlo de distintas maneras. Es un material muy maleable que nos permite expresarnos y aprovechar todos nuestros recursos.
A eso se suma su propia formación en música contemporánea y clásica, que —adelantó— también asomará en las improvisaciones de la noche.
La formación elegida, sin piano ni guitarra, despierta una curiosidad habitual: ¿dónde queda entonces la armonía? Domínguez lo explicó así:
Es interesante porque está a medio camino entre lo técnico y una escucha más "de civil". Uno espera que la armonía de los temas esté explícita, pero la armonía también se forma con el movimiento de las voces; puede ser un mapa subyacente que no está necesariamente expuesto como si hubiera un pianista. Aunque no esté implícita, para nosotros opera como un abanico de probabilidades o posibilidades.
Para él, la ausencia de un instrumento armónico no es una carencia sino un espacio disponible: El espacio que deja la ausencia de un instrumento armónico es un espacio que nosotros podemos llenar de otras maneras, señaló, describiendo el resultado como una fusión de voces donde las melodías de los dos instrumentos se entrecruzan.
El aspecto humano de la improvisación: confianza, escucha y respuesta
Uno de los momentos más reveladores de la charla llegó cuando la conversación se desplazó de lo técnico a lo humano. Consultado sobre qué ocurre arriba del escenario en el momento de improvisar —si se trata de concentración absoluta o más bien de soltar—, Domínguez fue contundente:
En mi caso, la concentración va viniendo de la mano de la música. Para mí una cosa que está como precedente es la confianza. Es saber que con los músicos que estás tocando podés confiar. Confiar en eso que sabés que los músicos van a hacer, con lo que vos puedas aportar, lo mejor que puedan ellos y viceversa. Esa energía que se forma es como una cosa entre musical y humana, es como una conexión humana. Por eso se escucha un grupo, porque los músicos se están conectando, están confiando en que lo que van a hacer y lo que están haciendo los otros se va a complementar y se va a fusionar bien y por otro lado estás lo más atento posible a cualquier dirección que tome la música.
Confianza y atención, entonces, como dos caras de una misma disposición: están las dos cosas, pero para mí es muy importante la confianza, resumió.
Garvie, por su parte, vinculó esa misma lógica con su experiencia dirigiendo orquestas, donde la improvisación le cambió la forma de entender el trabajo colectivo.
Es muy interesante porque uno tiene que ser activo y pasivo a la vez: tiene que proponer, pero también escuchar y reaccionar. Reaccionar y actuar son las mismas cosas que suceden en cualquier tipo de música. En la música clásica está ese nivel de alerta donde uno escucha y reacciona, pero también propone.
Y agregó una reflexión sobre lo que ese ejercicio despierta a nivel personal:
La improvisación te hace pensar y reflexionar sobre estos aspectos. Quizás no llegás a definiciones absolutistas, sino que te despierta un montón de preguntas, de interrogantes que te hacen actuar de determinada manera siguiendo tu intuición.
Escuchar sin tantos conceptos previos: curiosidad y relajarse
Para quienes no están habituados a este tipo de formación, ¿cómo se entra en la escucha? Garvie propuso dejarse llevar antes que entender:
Creo que hay que dejarse llevar un poco por lo que está pasando en el momento y no pretender entender todo, sino entregarse a una especie de viaje; que es el mismo viaje que vamos a estar transcurriendo y viviendo nosotros.
Y aclaró que hay puntos de apoyo posibles, como las melodías de los temas tradicionales, que ya nos dan una pauta. Nos tiran un carácter, un estilo, un cierto tipo de emoción que nosotros vamos a seguir desarrollando durante las improvisaciones. Sobre esa base, invitó incluso a una escucha activa y casi visual: Animarse a pintar un dibujo: mientras uno escucha, también puede imaginariamente dibujar y participar del hecho creativo.
Domínguez sumó una observación surgida de su propia experiencia tocando frente a públicos no familiarizados con el jazz:
Me ha pasado de tocar en lugares donde la gente no tiene mucha escucha de jazz, y en general es una escucha muy pura, sin expectativas. Se dejan llevar con más facilidad. Cuando tenés cierta cultura de escuchar esta música, a veces puede ser contraproducente porque podés terminar esperando algo específico.
Garvie remató la idea con una fórmula sencilla, casi una consigna para la noche del concierto:
Como público, no hay que llevar conocimientos musicales de jazz a este concierto; lo único que hay que llevar es curiosidad y ganas de entrar. Un poco de curiosidad y un poco de tolerancia a no entender algo al comienzo para dejarse llevar. Con ese elemento ya alcanza para participar de este viaje.
¿Existe un sonido argentino? Sutil, difícil de nombrar y diverso
La charla derivó luego hacia una pregunta que ninguno de los dos dio por resuelta: ¿tiene la música argentina un sello propio? Garvie le pasó la posta a Domínguez, a quien reconoce un sonido que identifica como muy argentino, aunque —aclaró— no podría explicar por qué.
Domínguez coincidió en la dificultad de precisarlo:
Coincido en que es difícil ponerle el dedo y saber exactamente qué es lo argentino en la música que hacemos. Definitivamente hay giros y expresiones puntuales sobre los que uno puede decir: "Bueno, este ritmo o este rasgo melódico podría ser", pero me parece que eso no es lo más importante. Estoy seguro de que hay algo ahí, aunque no sepa definir exactamente qué es. Es una forma de expresión.
Para él, ese sello tiene más que ver con algo intangible, cercano al habla: Está relacionado con la forma en que hablamos, pero todavía no lo tengo del todo claro. Es algo que me da vueltas en la cabeza: tiene mucho que ver con la expresión oral y con el cómo hablamos.
Garvie cerró el tema con una imagen que amplía la pregunta en lugar de cerrarla:
Hay muchas argentinas también. ¿Qué es lo argentino? A veces lo siento como los espacios áridos de la Patagonia: escucho eso, esas texturas, las rispideces. Rodrigo mencionaba el habla... hay tantos lugares, tantas argentinas y tantas maneras de enfocar esto. Es un tema sutil
Jazz y música contemporánea: una confluencia cada vez más compleja
La conversación avanzó hacia el lugar del jazz actual respecto de la música contemporánea, en particular por el uso del azar y las partituras abiertas. Garvie coincidió en que hay ahí un campo de cruce cada vez más fértil:
Hay un campo abierto en el uso del azar, en las diversas maneras de presentar partituras abiertas y partes que incorporen elementos de improvisación y estructura escrita. Hay todo un abanico de interacciones posibles entre la música contemporánea y el jazz actual. ¿Qué es el jazz hoy? Es un terreno abierto para expresiones que tienen singularidad, individualidad y una confluencia de influencias que surgen en el momento.
Ese cruce con la música académica también trajo a la charla una crítica puntual a la formación musical tradicional. Garvie planteó que la currícula académica debería incorporar más la improvisación como contenido:
Creo que ese aprendizaje hace falta en la currícula de la música académica, porque desarrolla muchísimo las habilidades de percepción y de ubicación en el espacio colectivo.
El trabajo detrás de la idea: de la musa a la artesanía
Sobre el origen de una composición, Domínguez respondió entre risas —si supiera...— antes de describir un proceso hecho de fragmentos que después hay que trabajar:
Hay varias cosas. Por un lado están las ideas: cosas musicales que se te ocurren manejando o en la ducha. Tengo anotaciones muy pequeñas o conceptos como "hacer esto con aquello", y grabaciones en el teléfono. Después viene el ponerme a trabajar en alguna de esas ideas. Se necesitan ambas partes.
Y explicó que el resultado final suele alejarse bastante del impulso original: Muchas veces las composiciones terminan estando muy lejos de la idea original, porque te enganchás con un material, te ponés a jugar con eso y lo das vuelta. Ahí entran operaciones más artesanales de sentarte a trabajar. A esto se suma el componente colectivo: cuando estás tocando con gente, el espíritu comunitario que se genera te inspira a escribir.
Garvie coincidió y llevó la idea hacia el trabajo como condición necesaria para que la idea germinal pueda crecer:
Esas ideas son la síntesis de las cosas que a uno le pasan: la vida interior, la imaginación. Para mí hay mucho de las otras artes, como las artes pictóricas o la gestualidad. Das vuelta una piedra y podés encontrar inspiración en cómo mirás o atravesás la vida. Ahí está la musa, pero después viene el trabajo artesanal —como decía Rodrigo—, que es el trabajo duro y puro de sentarse con eso. Tiene que estar ese proceso que a veces es bastante árido, donde hay que ser sistemático y consistente hasta que aparece algo. Es como tallar la piedra de un lado y del otro hasta que surge una forma que, muchas veces, resulta muy diferente de la inspiración original.
La búsqueda de una voz genuina
Invitados a definirse como instrumentistas, ambos coincidieron en que el sonido propio no es un punto de partida sino algo que se construye —y que muchas veces implica desprenderse de una búsqueda demasiado forzada. Domínguez lo desarrolló en detalle:
Creo que hay una cosa inherente que tiene que ver con la personalidad y por eso todos sonamos distintos. Cuando tocamos un instrumento hay una manipulación de esa personalidad hacia un modelo, y por eso también mucha gente suena parecida: estudiamos tratando de moldear ciertas cosas que, para mí, está bueno que permanezcan, porque tienen que ver con las aristas e imperfecciones que hablan de nosotros.
Sobre el propio proceso de aprendizaje, describió el camino habitual de la imitación y su límite:
Cuando uno empieza a estudiar intenta aprender por imitación: busca acercarse al estilo que quiere tocar, escucha a quienes lo hacen bien y trata de copiar. De alguna manera eso va mejorando la relación con el instrumento y el cuerpo se va poniendo en situación de hacer lo que uno quiere, porque al final el cuerpo es el verdadero instrumento.
Y compartió una reflexión personal sobre la frustración que puede generar perseguir un sonido predeterminado, y el hallazgo posterior de otro criterio:
Yo fui cambiando. Muchas veces me frustraba porque intentaba algo y no me salía del todo. Con el tiempo me di cuenta de que esa búsqueda rígida hacía que dejara de lado algo interno que quería expresarse. Entonces me relajé un poco. Si bien sigo estudiando un montón, copiando y aprendiendo de los maestros, hoy tengo otro criterio: qué es lo que me atrae de una situación musical determinada. A veces es pensado, pero normalmente es más sentido: esto me toca, entonces me gusta hacerlo así. Esa es mi guía.
Garvie eligió una imagen breve y poética para describir su propia búsqueda: Me imagino como una materia fluida que cambia de color constantemente. Eso es lo que quisiera ser; no sé si lo logro, pero ese es el intento.
Consultados por sus referentes, Garvie mencionó a John Coltrane —un genio del saxofón, de la improvisación, para mí es un modelo de ética, de trabajo, de todo. Es como casi un dios de la música— junto a Johann Sebastian Bach, Beethoven y Gustav Mahler. Domínguez, en cambio, reconoció que le cuesta señalar un único nombre por la cantidad de influencias que tuvo, aunque recordó un punto de partida preciso: El primer saxofonista que me movió a estudiar este instrumento fue Wayne Shorter, en un concierto que escuché siendo adolescente. También describió épocas en las que trata de no escuchar música para ver qué es lo que quiere salir.
Detrás de toda esa búsqueda de voz propia, ambos coincidieron en que la improvisación —lejos de ser algo librado al azar— exige un dominio técnico profundo, sostenido en el estudio constante, la transcripción y el trabajo con los maestros del instrumento.
El silencio: una trabajo personal
Hacia el final, la charla se detuvo en el silencio. Para Garvie, es una condición misma del sonido:
El silencio es algo fundamental en la música: si no hay silencio, el sonido no tiene sentido. Es lo que le da entidad al discurso. También lo asocio con la quietud y la tranquilidad, pero además con la expectativa o la tensión. El silencio es algo que está muy presente en mi caso como criterio y aspecto central.
Domínguez, en cambio, se tomó su tiempo —La verdad que me quedo callado…— para ir más hondo, describiendo el silencio como un espacio de origen y también como una búsqueda personal, casi de reposo:
Es muy difícil de definir. Para mí es el espacio donde todo sucede. Y también es una búsqueda personal: la de un espacio interno desde donde las cosas sucedan. Es como tratar de definir la nada.
Y siguió, reconociendo que se trata de un terreno que también forma parte de su trabajo diario:
Para mí también es material de trabajo. Es un concepto que me cuesta bastante abordar porque me cuesta estar en silencio internamente. Lo estoy buscando y trato de que lo que toco salga de ahí, aunque muchas veces sale de lo que ya toqué, de lo que escucho o de lo que va sucediendo. Pero en definitiva no me parece que esté tan lejos: por más que haya sonido, hay silencio atrás.
Un lugar íntimo, cálido y un público que participa
Sobre el escenario elegido, el Camping Musical Bariloche, Domínguez no escatimó afecto:
El Camping Musical es un lugar donde me encanta tocar: la sala suena hermosa. Se siente muy cálido cuando estás ahí; hay una energía donde permanentemente están pasando cosas lindas.
Y dedicó un párrafo aparte al público local, al que describió como parte activa de la experiencia:
El público de Bariloche siempre escucha con mucha atención, respeto e interés. Hay muchos músicos que suelen ir, y las veces que me tocó tocar siempre se acerca gente con comentarios y preguntas que demuestran una escucha muy atenta. Es un público divino para tocar: participa de la música que está sonando, no va simplemente a recibir algo de manera pasiva. Está presente, y por eso tengo una gran expectativa y mucha alegría.
La invitación
Para cerrar, Garvie invitó al público a sumarse con la misma actitud que atraviesa toda la charla: curiosidad, disfrute y apertura al silencio tanto como al sonido.
Los invitamos a venir a este concierto con una actitud de curiosidad, disfrute e interacción, para comprenderse con el sonido, el silencio y las combinaciones entre ambos que se van a producir. Me imagino la madera, el espacio y la calidez del lugar como un espacio donde uno puede encontrar quietud, escuchar y disfrutar de un objeto de arte.
Y sobre lo que espera de la noche: Lo que espero del concierto es que sea una noche memorable, con mucha interacción entre los músicos y el público, para recorrer juntos un viaje en este lugar tan especial en el cual tengo muchísimas ganas de tocar.
Que así sea.
Sobre los músicos
Valentín Garvie | Trompeta. Licenciado en Música con especialización en Dirección Orquestal por la Universidad Católica Argentina (UCA) y posgraduado en Trompeta por la Royal Academy of Music de Londres. Entre 2002 y 2017 integró el Ensemble Modern de Frankfurt y fue profesor de la International Ensemble Modern Academy (IEMA). En 2022 estrenó su Concierto para trompeta, saxofón, gran órgano y orquesta junto a la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina en el Centro Cultural Kirchner. Recibió el Premio Konex al Mérito 2019 como instrumentista de viento y el Jazzpreis des Landes Hessen 2015, y es Associate of the Royal Academy of Music.
Rodrigo Domínguez | Saxos. Considerado uno de los saxofonistas más relevantes de la escena del jazz argentino, lidera proyectos propios —entre ellos RD Cuarteto, Vivero, Pila y Tonal— y ha compartido escenario con músicos internacionales como Herbie Hancock, Hermeto Pascoal, Barry Altschul, Perico Sambeat, John Hébert, Mark Helias y John Hollenbeck, entre otros. Fue integrante fundador del Quinteto Urbano. Su último trabajo discográfico como líder, Limón, fue distinguido por la crítica especializada como uno de los discos más destacados del año.
Pope González | Contrabajo. Contrabajista, guitarrista y compositor nacido en Cinco Saltos, Río Negro. Es contrabajista estable del ensamble de tango de la Fundación Cultural Patagonia y docente en la Escuela de Jazz del Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA). Además impulsa el centro cultural Utopía, en Cinco Saltos.
Hernán Hecht | Batería. Baterista y productor argentino con más de treinta años de trayectoria internacional, ganador del Latin Grammy 2010. Ha colaborado con músicos como John Medeski, Jonathan Kreisberg, Mike Moreno y Tim Berne, participando en más de 350 producciones discográficas. Actualmente dirige HHStudio en la Patagonia.
Gira patagónica:
Cuarteto de Valentín Garvie — Jueves 6 de agosto, 21 hs, Centro Cultural Utopía, Cinco Saltos.
Trío Domínguez - González - Hecht - Viernes 7 de agosto, 21.30 hs, Egipcio Bar, General Roca.
Cuarteto de Valentín Garvie — Sábado 8 de agosto, 19 horas, Sala Rautenstrauch, Camping Musical Bariloche (CAMBA).
Cuarteto de Valentín Garvie — Domingo 9 de agosto, 21 horas, Centro Cultural Keuken Aonikenk, Lago Puelo