Sábado, 12 de Septiembre del 2026

Juan Lascano: pintar la luz sobre la piel

Juan Lascano: pintar la luz sobre la piel

Para Juan Lascano, pintar comienza mucho antes de poner el pincel sobre la tela. Comienza en la mirada. El desnudo, presente en su obra desde la adolescencia, le permite explorar una de las preguntas que atraviesan toda su pintura: qué sucede con la materia cuando la luz la transforma.

Hay artistas que encuentran su identidad en un tema. En Lascano, en cambio, el tema parece ser apenas el punto de partida. Un cuerpo, un paisaje, un bodegón o un rostro pueden cambiar, pero hay algo que permanece: la atención puesta sobre aquello que sucede delante de los ojos.

“La pintura no es el qué, sino el cómo” es una de las ideas que mejor sintetizan su concepción del oficio. No se trata solamente de qué se pinta, sino de cómo se mira, cómo se interpreta la luz, cómo se construye una atmósfera y cómo una determinada materia pictórica puede acercarse a lo que el artista percibe.

Juan Lascano nació en La Plata en 1947 y desarrolló, a lo largo de más de cinco décadas, una trayectoria que lo convirtió en uno de los referentes del realismo argentino contemporáneo. Bodegones, retratos, paisajes y desnudos forman parte de una producción diversa, unida menos por los temas que por una misma manera de observar.

Formado en gran medida de manera autodidacta, encontró en los maestros españoles una influencia decisiva. Durante un año estudió en el Museo del Prado, donde profundizó especialmente en la obra de Diego Velázquez y Francisco de Zurbarán. De ellos, entre otras cosas, aprendió a mirar la relación entre luz, volumen, silencio y materia.

Pero Lascano no concibe la pintura como la aplicación de una teoría sobre aquello que observa. El artista mira, y en esa mirada aparece el asombro.

La piel como luz

El desnudo ocupa un lugar constante en su producción desde la adolescencia. En sus manos, el cuerpo no funciona como una excusa para representar una figura: es una superficie cambiante sobre la que la luz revela, modifica y vuelve a esconder formas.

La piel no tiene un color único. Recibe la luz del ambiente, la devuelve, se modifica con la sombra y cambia a medida que transcurren las horas. Pintarla implica atender a esas variaciones y tomar decisiones frente a una realidad que nunca permanece completamente quieta.

Ahí está uno de los desafíos que más interesan a Lascano: la pintura no consiste en copiar lo que ve, sino en encontrar una forma de traducir aquello que sucede ante sus ojos.

En el desnudo, esa tarea se vuelve especialmente compleja. El cuerpo exige comprender relaciones entre luz y sombra, temperatura y valor, volumen y materia. Una pequeña variación puede modificar por completo la percepción de una figura.

Su trabajo en Bariloche incorpora, además, las particularidades de la luz patagónica. La atmósfera límpida del sur vuelve más visibles sus cambios y exige una observación precisa. El entorno que rodea al artista no aparece solamente en sus paisajes: también forma parte de la manera en que percibe la luz sobre un cuerpo, un objeto o una tela.

Mirar antes que imaginar

Hay una posición de Lascano que atraviesa su manera de pintar: la defensa del trabajo frente al modelo. Trabaja casi exclusivamente del natural. La fotografía puede ser un recurso ocasional cuando las condiciones climáticas lo hacen necesario, pero no reemplaza para él la presencia de aquello que está observando.

La diferencia no es menor. Frente al modelo, todo está sujeto al cambio: la postura, la respiración, la luz, el ambiente, la temperatura. Pintar implica responder a esas modificaciones y, al mismo tiempo, conservar aquello que el artista considera esencial.

Por eso su pintura requiere tiempo. En un presente saturado de imágenes instantáneas, reproducibles y disponibles de manera permanente, Lascano sostiene una relación diferente con la imagen. Se detiene frente a ella. La observa durante horas. Corrige, compara, vuelve a mirar.

“El pintor es mirada”, ha dicho. La frase resume una concepción del arte en la que mirar no es un acto pasivo. La mirada reúne el ojo, la memoria visual, la sensibilidad y décadas de experiencia frente al caballete.

El oficio detrás 

Esa manera de entender la pintura también explica su relación con los materiales. Lascano trabaja principalmente con óleo sobre lienzo y acuarela, y dedica una parte importante de su práctica a investigar aceites, pigmentos, emulsiones y pinceles. Algunos de estos últimos son incluso fabricados por él mismo.

La técnica no aparece entonces como algo separado de la obra. Es parte de la pregunta. Qué materia puede expresar mejor una determinada luz. Qué pigmento permite alcanzar un matiz. Cómo conseguir una transparencia o una densidad. Cómo hacer que una superficie pictórica produzca la sensación de volumen, temperatura o atmósfera que el ojo reconoce. La precisión del resultado nace también de esa curiosidad por el oficio.

Una pintura arraigada en el sur

Desde su primera exposición individual, en 1967, Lascano construyó una trayectoria sostenida en el ámbito nacional e internacional. Expuso en reiteradas oportunidades en la Galería Zurbarán y protagonizó una muestra antológica en el Palais de Glace.

Desde hace años vive en San Carlos de Bariloche, una ciudad que forma parte de su historia personal y de su producción artística. Parte de su obra puede verse de manera permanente en El Casco Art Hotel, donde el arte convive con el paisaje.

Sin embargo, reducir su pintura a una pertenencia geográfica sería insuficiente. El sur es parte de su vida, pero la pregunta que sostiene su obra es más amplia: cómo mirar aquello que tenemos delante y cómo convertir esa mirada en pintura.

Una forma de mirar

Quizás ahí reside una de las claves para acercarse a la obra de Juan Lascano. Sus desnudos no necesitan ser entendidos desde la provocación ni desde una explicación ajena a la pintura. Lo que propone el artista está, antes que nada, en la superficie del cuadro: la luz que cae sobre la piel, una sombra que modifica un volumen, un color que cambia según el entorno.

Su realismo no consiste solamente en alcanzar una representación convincente. Consiste en mirar con suficiente atención como para descubrir que aquello que creemos conocer —un cuerpo, un rostro, un objeto, un paisaje— nunca es exactamente igual bajo una luz diferente.

Pintar, para Lascano, parece ser una manera de permanecer frente a esa transformación. Y quizás por eso su obra habla tanto de la mirada como de aquello que es mirado: porque entre ambas cosas sucede la pintura.